En los últimos años, la iluminación blanca o azulada ha reemplazado progresivamente a la luz cálida en calles, oficinas, hospitales, escuelas y transporte público, marcando un cambio que no solo transforma la estética urbana, sino que también podría tener efectos en la salud mental y el descanso de las personas.
Durante décadas, las ciudades utilizaban iluminación de tonos ámbar o cálidos, asociada con entornos de descanso y tranquilidad. Sin embargo, la modernización de los sistemas de alumbrado público y el uso masivo de tecnología LED han impulsado la adopción de luz blanca, debido a su mayor eficiencia energética, menor costo y mejor visibilidad.
Especialistas en salud han señalado que este tipo de iluminación, especialmente aquella con tonalidad azulada, puede interferir con el ritmo circadiano, el sistema natural que regula los ciclos de sueño y vigilia del cuerpo humano.
Esto ocurre porque la luz blanca inhibe la producción de melatonina, la hormona responsable de inducir el sueño, lo que mantiene al cerebro en estado de alerta por más tiempo, dificultando el descanso adecuado y generando efectos como fatiga, irritabilidad, estrés y alteraciones del estado de ánimo.
Además del impacto fisiológico, algunos estudios sugieren que la iluminación fría puede influir en la percepción emocional de los espacios, haciéndolos sentir más impersonales, rígidos o menos acogedores, en comparación con la luz cálida, que suele asociarse con seguridad, comodidad y relajación.
El uso de luz blanca continúa expandiéndose en ciudades de todo el mundo como parte de los procesos de modernización urbana, aunque especialistas recomiendan equilibrar su uso, especialmente en espacios destinados al descanso, para evitar afectaciones al bienestar físico y mental.
Este cambio silencioso en la iluminación no solo está transformando la apariencia de las ciudades, sino también la forma en que las personas experimentan su entorno y sus ciclos naturales de descanso.
