Toluca, Méx. – 1 de marzo de 2026.
Desde que tiene memoria, María Ávila Santamaría aprendió a abrirse paso en un mundo que no siempre estaba pensado para ella.
Nació con mielomeningocele, una condición congénita que afecta el desarrollo de la columna vertebral y que la llevó, desde muy pequeña, a utilizar una silla de ruedas.
Lejos de definirla, esta circunstancia se convirtió en el punto de partida de una vida marcada por la adaptación, la constancia y el deseo de autonomía.
Hoy, María cursa el sexto semestre de la Licenciatura en Terapia Ocupacional en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx).
Caminar —o mejor dicho, rodar— por los pasillos universitarios es parte de su rutina cotidiana, una experiencia que, asegura, no es muy distinta a la de cualquier estudiante. Asiste a clases, cumple con tareas y convive con sus compañeros, aunque reconoce que el trayecto no siempre es sencillo.
“Hay rampas que se me complican porque están muy empinadas”, comenta. Aun así, destaca que gran parte de los espacios cuentan con adecuaciones que facilitan su movilidad. El problema surge cuando la accesibilidad falla: elevadores que no funcionan o áreas donde el diseño limita el acceso. En más de una ocasión, esas barreras le impidieron entrar a clase o la obligaron a depender del apoyo de otros. “No siempre podía hacerlo sola”, recuerda.
Pero para María, los desafíos más complejos no siempre son físicos. Más allá del concreto, las rampas o los elevadores, existe un obstáculo silencioso: la falta de empatía. “Me gustaría que nos vieran como personas normales. No somos diferentes, somos iguales”, afirma con serenidad, pero con firmeza. Su mensaje apunta a una inclusión que no se quede en la infraestructura, sino que se refleje en la mirada y en las actitudes cotidianas.
Su historia personal también marcó su vocación. Desde la infancia recibió terapia ocupacional, un acompañamiento que no sólo fortaleció su desarrollo, sino que sembró en ella la inquietud de ayudar a otros. Hoy, su formación profesional tiene un objetivo claro: contribuir a mejorar la calidad de vida de personas que, como ella, enfrentan retos similares.
El camino no ha estado exento de momentos de cansancio y desánimo. Sin embargo, María aprendió a no ponerse límites. Actividades como el ejercicio le han permitido descubrir nuevas capacidades, fortalecer su cuerpo y, sobre todo, su confianza. Cada logro, por pequeño que parezca, reafirma su independencia.
Para ella, la silla de ruedas no es una limitación, sino una aliada. “Es lo que me permite hacer mi vida, salir y moverme”, dice. Es, en sus palabras, la herramienta que le da libertad.
En el marco del Día Internacional de la Silla de Ruedas, que se conmemora cada 1 de marzo, historias como la de María cobran especial relevancia. Desde la Universidad Autónoma del Estado de México, se impulsa la reflexión sobre los desafíos que enfrentan las personas usuarias de silla de ruedas, la necesidad de entornos verdaderamente accesibles y la importancia de garantizar la igualdad de oportunidades en ámbitos como la educación y el trabajo.
María subraya la importancia de visibilizar a las personas con discapacidad y reconocer sus capacidades. A quienes viven una situación similar, les envía un mensaje claro: confiar en sí mismos y no dejarse vencer por pensamientos negativos.
La historia de María Ávila Santamaría es, al final, un recordatorio de que la inclusión no solo se construye con rampas y elevadores, sino con sensibilidad, respeto y la convicción de que todas las personas merecen las mismas oportunidades para desarrollarse plenamente.
